Todavía siento su perfume. Y la sonrisa que se le escapó mientras sellábamos nuestra promesa con un dulce beso… ¡Pero era dulce, eh!… De ésos que me hacían acordar a los caramelos que tanto le gustaban.
Y a ésas tardes de verano donde todo era eterno, y me reconfortaba mirar sus casi amarillos ojos.
Donde su confusión no existía, y ni siquiera conocía la palabra angustia.
Donde cada vez que lo tocaba me sentía más segura…
Donde juraba que a nada le temía, y abrazándolo me quedaba dormida.